Después
de este recorrido, llegar al
QUIJOTE era algo inevitable.
Aunque hace años se me
hubiera antojado un imposible
abordarlo como monólogo,
en realidad el primer peldaño
del ascenso por esta mi escalera
de Jacob en el teatro estaba
puesto ya desde que acometí
el “Lazarillo de Tormes”, hace
ahora doce años. Sin
embargo la narración
de El Lazarillo en primera persona,
facilitaba de manera extraordinaria
la forma teatral del monólogo.
Se diría hecho para una
sola vez, una conciencia sola,
vive y cuenta lo vivido en el
relato. Y nada ni nadie –ni
siquiera el ciego- quedan fuera
de esa única voz y de
ese aliento.
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