Como
resulta obvio, no hay teatro sin
conflicto, y tal como presentamos
hoy, el
conflicto escénico recurre
aquí a su estructura fundamental
de protagonista antagonista.
En este sentido, hemos eliminado
cualquier otra derivación
del argumento que no sea estrictamente
la disputa esencial. Nada más
que palabra y presencia de los contendientes.
El
debate sobre la tauromaquia ocupa
un lugar destacado entre las polémicas
recurrentes. Lo viene siendo desde
hace siglos, no solo entre los países
que practican rituales taurinos
sino en otros que lo denuncian por
el supuesto maltrato animal. Sin
embargo, el actual incremento proteccionista
sobre los animales, añade
ahora mayor virulencia a la tradicional
querella.
A
pesar de ello, la tauromaquia ha
resistido durante siglos los numerosos
intentos de eliminación.
Ha soportado indemne todos los envites,
llegando a
consolidarse como un lenguaje artístico
de primera magnitud, de tal forma,
que hoy
sigue siendo la segunda lengua común
con América. Nuestras culturas
se
entrecruzan no solo en el idioma
sino en el arte. Un hecho, que por
si solo viene a
dotar de mayor alcance los vínculos
que nos unen. Es precisamente, esta
gran familia
taurina que se extiende entre los
dos continentes, la que ha consolidado
la
implantación de la tauromaquia.
Pero su futura preservación,
depende en igual
medida de que los aficionados no
renunciemos al debate, y en vez
de rechazar
radicalmente las razones antitaurinas,
también seamos capaces de
comprender los
motivos contrarios a la fiesta.
Solo asumiendo que la existencia
del rito taurino está
por encima de sus inevitables calamidades,
conseguiremos que la sociedad moderna
capte la trascendencia de su conservación.
De
eso trata esta controversia.