Al bardo de Avon se le ha puesto en escena de todos los modos posibles. Sobre su teatro se han escrito miles de páginas analizando los aspectos trascendentales de su escritura, descifrando sus claves simbólicas, desgranando sus metáforas para actualizar su poética dramática.

 

        Aquellos genios que escapan al tiempo perduran en él. En algunos ensayos se pone en duda la autoría de alguna de sus obras o de la totalidad de su producción, adjudicándoselas (en un alarde de fantasía shakespereana) a un huido Marlowe o al erudito sir Francis Bacon. En otros estudios se nos habla de la homosexualidad del autor, en otros de su misoginia... Fue leyendo uno de estos libelos cuando surgió la idea de escribir una pieza sobre las mujeres en los dramas de William Shakespeare.
Como no se trataba de trasponer a las tablas un tratado académico sobre el asunto de la mujer en Shakespeare, se perfiló rápidamente el tema en clave de subgénero bufo con insertos de los números musicales más dispares. Se trataba de mezclar tramas y conflictos sin concierto pero con orden y premeditación, en una opereta disparatada para tres actrices-cantantes y un vocacional actor que se cuela de rondón en el asunto con no se sabe qué objetivo. O tal vez sí.
Pero detrás de tanto disparate siempre está Shakespeare y ocho de sus dramas inmortales.

 
        Siempre aparece el verbo preciso y la imagen sutil de lo que en realidad el bardo inglés muestra en los personajes de Ricardo III, Titania, Marco Antonio, Cleopatra, Julieta, Romeo, Macbeth, Otelo, Desdémona, el viejo Lear, Cordelia, Ophelia, Laertes y Hamlet. Y al fondo, como en los tiempos mismos del teatro isabelino, está la crítica sobre ciertas pasiones humanas, el teatro de la vida y el denuedo de unos cómicos tratando de dignificar su oficio, que es tanto como decir: buscando la ruta en el proceloso océano de las pasiones humanas.

 

 



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