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El juglar
es un
ser
múltiple:
es un
músico,
un poeta,
un actor,
un saltimbanqui;
es una
especie
de intendente
de placeres
que
vive
en las
cortes
de reyes
y príncipes;
es un
vagabundo
errante
que
monta
espectáculos
en las
aldeas;
es el
vihuelista
que
por
los
caminos
va cantando
gestas
a los
peregrinos;
es el
charlatán
que
entretiene
a las
gentes
en la
encrucijada;
es el
autor
y el
protagonista
de las
chanzas
que
se cuentan
los
días
de fiesta
a la
salida
de la
iglesia;
es el
maestro
que
hace
que
los
jóvenes
salten
y bailen;
es el
tamborero,
el trompero
y el
gaitero
que
marca
el paso
en las
procesiones;
es el
narrador,
el cantor
que
anima
festines,
bodas
y vigilias;
es el
jinete
que
da volteretas
sobre
el caballo;
el acróbata
que
baila
parándose
de manos,
el que
juega
con
cuchillos,
el que
atraviesa
los
círculos
a la
carrera,
el que
escupe
fuego,
el que
se retuerce
como
un contorsionista;
es el
que
canta
o hace
el mimo;
el bufón
que
hace
muecas
y suelta
necedades;
todo
esto
es el
juglar,
y algo
más.
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Es curioso
que todas las
gestas del gran
Rodrigo Díaz
de Vivar fuesen
cantadas y contadas
por todos los
lugares de aquella
España.
Como si alguien
hubiese querido
que se documentara
cada hazaña
de este generoso
guerrero. Su
función
social se encontraba
entre las más
singulares y
extravagantes
de los días
medievales.
Comprendía
a finos instrumentistas,
diestros malabaristas
y agudos poetas.
Y también
a aventureros
sin oficio ni
beneficio que
alternaban sus
exhibiciones
musicales con
los hurtos en
plazas y tabernas.
Sin embargo,
por encima de
todo, los juglares
fueron transmisores
de cultura fundamentales
durante la Edad
Media: difundían
técnicas
musicales y
poéticas,
noticias, acontecimientos
sociales y vivencias
personales en
un mundo de
gentes analfabetas
e impregnadas
de tradición
oral. No resulta
fácil
hacerse una
idea precisa
sobre los juglares.
Ni siquiera
encontramos
consenso entre
los estudiosos
modernos. Los
Padres de la
Iglesia se referían
a ellos con
voces de la
antigüedad
romana: les
llamaban con
desprecio mimi
o histriones,
con voces de
gentes de baja
estofa dedicados
a espectáculos
indecentes.
El término
juglar deriva
del latín
joculator, que
a su vez está
relacionado
con jocus (juego).
El vocablo aparece
en el concilio
de Cartago del
436 y se difunde
durante la Edad
Media, designando
categorías
sociales y culturales
con frecuencia
muy distintas.
Instrumentistas
y juglares acudían
a la corte aragonesa
procedentes
de las principales
naciones de
Europa: Francia,
Italia, Inglaterra,
Escocia, Portugal,
Bohemia. Estos
músicos
se reunían
para compartir
conocimientos,
sobre todo por
Cuaresma, época
en que no podían
ejercer su oficio
(al igual que
las prostitutas).
El intercambio
de experiencias
era intensísimo.
Escribe Juan
I el Músico
al marqués
de Villena que
nuestros instrumentistas
han enseñado
por orden nuestra
seis nuevas
canciones a
los vuestros.
Y cuando nuestros
instrumentistas,
que acuden ahora
a las escuelas,
vuelvan, enviadnos
a los vuestros
con el fin de
que enseñen
otras tantas
a los nuestros.
Estos hombres,
siempre errantes,
eran el vehículo
principal de
la poesía
medieval en
las distintas
lenguas europeas
(provenzal,
francés,
castellano,
gallego, catalán,
italiano, inglés,
alemán).
En realidad
los grandes
señores,
encomendaban
a los juglares
la divulgación
de todas sus
hazañas.
De este espíritu
de juego, danza,
música
, de tolerancia
queremos partir
para hacer un
repaso a la
historia de
España,
de las recurridas
realidades históricas,
para que recordemos,
aprendamos y
disfrutemos
con nuestra
historia.
Mio Çid
Ruy Diaz por
Burgos entrava,
en su compaña
lx. pendones
levava.
Exien lo ver
mugieres e varones,
burgeses e burgesas
por las finiestras
son,
plorando de
los ojos tanto
avien el dolor.
De las sus bocas
todos dizian
una razon:
"¡Dios,
que buen vassalo!
¡Si oviesse
buen señor!"
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